domingo, 25 de noviembre de 2012

La familia

Desde que empecé la universidad he tenido la suerte de vivir en una residencia. Este domingo, entré a la habitación de dos buenas amigas a comentar el fin de semana. Al tocar en la puerta me invitaron a pasar, y a sentarme a ver el programa al que tanta atención estaban prestando.
 
Estaban viendo Gandía Shore. Hace años que no veo la tele de manera continúa, pero había oído hablar algo acerca de este show. Para los que estén perdidos, Gandía Shore es la versión nacional de Jersey Shore. Este reality consiste básicamente en seguir la vida conjunta de 8 hombres y mujeres durante un verano. Resulta que esta serie ha sido todo un éxito en la versión original americana, así que le tocaba el turno a la de aquí. Lo cual me hace pensar que si hay algo que a nivel general se nos dé bien en este país es imitar lo peor de otros sitios (televisión, fast food, políticas de ejército…). Pero eso es otro tema aparte. Resulta que estos sujetos iban llegando a la casa uno por uno, se conocían, se presentaban unos a otros. Más tarde cada uno de ellos en un cuarto con una cámara declaraba qué le había parecido cada uno de sus compañeros. Lo cierto es que era realmente penoso cada vez que abrían la boca. Me pareció que la manera en que hablaban (y la manera de pensar que se translucía a través sus palabras), su forma de vestir, su aspecto en general, no decía mucho en su favor. Nadie hablaba de intereses más allá de sexo, borracheras y vivir la vida a tope. Pasarlo bien, decían. Ni estudios, ni trabajo, ni carrera profesional, ni familia. Ninguno parecía tener conciencia de lo que decía cuando hablaba. Estoy segura de que mi familia (y en especial mi madre) se sentiría profundamente avergonzada y decepcionada si me oyese hablar, vestir, o actuar como estas personas. Porque esta gente son personas que merecen el mismo respeto y dignidad que yo, aunque a menudo ellos se empeñen en mostrar lo contrario.
 
Tantas veces se nos llena la boca diciendo que la familia es lo más importante y ni siquiera sabemos hasta qué punto es cierto. Tantas veces discuto con mi madre, generalmente por tonterías, o porque tengo un mal día y lo pago con ella. Tan pocas veces se me pasa por la cabeza que yo soy como soy gracias a ella y a mi familia. Que si entre mis metas en la vida es ser una persona de provecho para el mundo es en parte gracias a ellos. Que si yo quiero ser una buena persona es porque ellos me lo han inculcado. Que para que yo pueda ir a la universidad ellos renuncian a muchas cosas, y además lo hacen con una sonrisa. Hacer que ellos estén orgullosos de mí es la mejor manera de pagarles los sacrificios que han hecho para educarme, porque reconozco que no siempre soy, ni he sido, la hija perfecta. Estoy segura de que aspiro a algo más que salir todos los fines de semana de borrachera y desfase porque ellos se han esforzado en mostrarme que hay más cosas en la vida. Y me considero afortunada por ello. Tal vez los participantes de Gandía Shore no han tenido la misma suerte que yo, que tengo una familia que quiere lo mejor para mí, me apoya y me valora. Porque como recogió Judit la semana pasada del congreso de Leopoldo Abadía “No se trata de qué mundo dejaremos a nuestros hijos, sino de qué hijos dejaremos en este mundo”. Y esos hijos, como todo lo maravilloso de este mundo, no salen de la nada.

 
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario